Por Alberto García Watson
Pobre Benjamín. Qué piel tan fina se gasta el último gran heredero del cinismo colonial. Resulta que, en El Burgo, un pueblo blanco y digno de la Sierra de las Nieves, han cumplido con la tradición de la quema del “Judas” durante el Domingo de Resurrección. Este año, el monigote llevaba la cara de Netanyahu. Y claro, la maquinaria de victimización de Tel Aviv ya ha desenfundado el comodín del antisemitismo, poniendo el grito en el cielo por un poco de cartón y pólvora malagueña.
La gracia de la Sierra frente al cinismo del búnker
A nosotros los malagueños, que ostentamos esa gracia natural de los andaluces para señalar al rey desnudo mediante la sátira, nos cuesta procesar tanta indignación impostada. En nuestra tierra, quemar un muñeco es un acto catártico, una forma de purgar el mal del mundo con un poco de guasa y mucha conciencia. Pero para Netanyahu, que un pueblo de Málaga le señale como el traidor de la humanidad es una afrenta intolerable.
Es conmovedor que Netanyahu se sienta herido en su “orgullo ancestral”. Resulta irónico, casi de guion de comedia negra, que un señor de apellido original Mileikowsky, un asquenazí de linaje polaco-eslavo sin más arraigo lingüístico o genético con la Palestina histórica que el que pueda tener un turista despistado de Varsovia, nos dé lecciones sobre quién es o no “semita”. Porque mientras Bibi se envuelve en la bandera de la identidad, al otro lado del muro están los palestinos: esos que sí hablan una lengua semítica, que sí tienen raíces milenarias en la tierra y que, a diferencia del muñeco de El Burgo, no arden de forma simbólica.
Diferencias entre el cartón y la carne
Hay que tener la decencia muy escasa para equiparar una fiesta popular con un genocidio televisado. En España quemamos monigotes por tradición. En Gaza, Netanyahu quema tiendas de campaña con niños dentro. Hay una diferencia sustancial, casi imperceptible para el ojo del fanático, entre el humo de una fiesta de pueblo y el olor a carne quemada de quienes no tienen donde esconderse en Rafah.
Pero para el “polaco” de Tel Aviv, lo segundo es “derecho a la defensa” y lo primero es un ataque de odio. Es el mundo al revés donde las palomas disparan a las escopetas, el agresor denunciando la “violencia” de una cerilla malagueña mientras sus bombas de fósforo blanco borran del mapa familias enteras que sí son, por derecho y sangre, descendientes de la estirpe semita que él dice defender.
La guerra como póliza de seguro
La realidad de este personaje es mucho más pedestre y menos mística de lo que sus asesores pretenden vender. Este ser despreciable no lucha por la supervivencia de un pueblo, sino por la suya propia. Mantener el exterminio en Gaza es su póliza de seguro, mientras el cielo siga gris por el plomo, no tendrá que enfrentarse a los tribunales de su propio país.
Bibi sabe que la paz no es el fin de las hostilidades, sino el principio de su estancia en la cárcel por los múltiples cargos de corrupción que le pisan los talones. Por eso necesita que el fuego no se apague, necesita que la guerra sea eterna para que su libertad no sea efímera. Qué curioso, y qué sangriento, que el “antisemitismo” sea siempre la excusa perfecta para alguien que odia tanto a los verdaderos semitas. Nosotros seguiremos con nuestra gracia, señalando al verdugo, aunque al verdugo le moleste el humo.
