Por el equipo de análisis estratégico de Press TV
Irán salió de la guerra impuesta no solo intacto, sino estratégicamente superior, con una ventaja decisiva sobre el punto de estrangulamiento energético más crítico del mundo.
El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo, ya no es una vía marítima que Washington pueda amenazar, vigilar o controlar.
Ahora está firmemente bajo la administración iraní, respaldada por legislación, capacidad militar y una firme determinación política, como afirmó el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei, en su declaración del Día del Golfo Pérsico el jueves.
El Líder presentó una visión estratégica integral que busca transformar la relación de Irán con el punto estratégico energético más crítico del mundo, pasando de una vigilancia defensiva a una gestión activa y legalmente regulada.
No se trata de una victoria táctica ni de una ventaja pasajera. Es una reordenación fundamental del poder en la región, que deja a Estados Unidos en la incertidumbre sobre el próximo movimiento de Irán, mientras que todas las opciones disponibles lo conducen hacia una crisis cada vez más profunda.
El ciclo fallido: Regreso de Trump a tácticas de presión desacreditadas
La jugada inicial de la renovada campaña de presión estadounidense es, en sí misma, una admisión de bancarrota estratégica. La insistencia de Trump en intensificar la presión económica mediante la imposición de piratería marítima y bloqueo naval representa un regreso a un ciclo que se ha intentado repetidamente, y que ha fracasado repetidamente.
La fórmula es conocida: aplicar estrangulamiento económico, incitar el descontento público en Irán, obligar a Teherán a sentarse a la mesa de negociaciones y obtener concesiones estratégicas a cambio de absolutamente nada por parte de Estados Unidos.
Este ciclo ya se ha intentado antes. La diferencia crucial en esta ocasión radica en que, en iteraciones anteriores, la opción militar aún gozaba de cierta credibilidad. Washington podía insinuar, aunque vagamente, que, si la presión fracasaba, la fuerza seguía siendo una opción viable.
Esa credibilidad se ha agotado. La guerra de 40 días impuesta a Irán consumió la opción militar, y el fracaso de esa agresión la ha dejado prácticamente sin efecto. Puede que no haya desaparecido por completo, pero ya no tiene el peso ni el valor disuasorio que tenía antes.
Una segunda diferencia es la notable resiliencia del pueblo iraní. Toda la estrategia de presión estadounidense se ha basado en la premisa de que las dificultades económicas acabarían provocando un descontento generalizado, es decir, que el pueblo iraní se rebelaría contra sus líderes, creando las condiciones para un cambio de régimen o la capitulación.
Sin embargo, los iraníes han demostrado una paciencia extraordinaria, solidaridad con sus líderes y un apoyo inquebrantable a las fuerzas armadas. Esto ha dificultado enormemente la inversión de Estados Unidos en fomentar el descontento en comparación con ciclos anteriores similares.
Una tercera diferencia, y quizás la más decisiva, es que Estados Unidos se enfrenta ahora a un Irán con recursos suficientes. La gestión y soberanía que Irán impone sobre el estrecho de Ormuz han alterado radicalmente el equilibrio de poder.
Irán ya no es simplemente una nación sancionada que absorbe golpes. Se ha convertido en un país sancionador capaz de imponer costos, controlar el acceso y redefinir las reglas del juego a nivel regional y global.
La nueva prioridad de Estados Unidos: abrir el estrecho, no a Irán
Para Estados Unidos, el cálculo estratégico ha cambiado de forma reveladora. El objetivo principal ya no es desmantelar el programa nuclear iraní ni forzar un cambio en su política exterior. Es mucho más urgente e inmediato: reabrir el estrecho de Ormuz.
El cierre o la gestión efectiva iraní de esta vía marítima estratégica ha asestado un golpe fundamental al prestigio y la credibilidad de Estados Unidos en todo el mundo, incluso entre sus aliados; una herida que Washington no puede permitirse dejar sin tratar.
De hecho, superar el estancamiento en el estrecho bien podría haber adquirido prioridad —y urgencia— sobre la cuestión de los derechos nucleares de Irán. Esta inversión de prioridades es muy reveladora.
Estados Unidos prefiere garantizar el paso de los petroleros de sus aliados antes que resolver el asunto nuclear. Prefiere rescatar su maltrecha imagen de supuesta “superpotencia” antes que obtener concesiones sobre el enriquecimiento de uranio.
Pero la postura de Irán es inquebrantable. La declaración decisiva, clara y enfática de su decisión irreversible sobre la soberanía y el control del estrecho de Ormuz tiene consecuencias que van mucho más allá de lo económico.
Existe, sin duda, la dimensión económica: la capacidad de cobrar peajes a los buques, generar ingresos y presionar a los adversarios. Pero también está la humillación del estatus de superpotencia estadounidense y el derrocamiento de su dominio global. Cada día que Irán ejerce un control efectivo sobre el estrecho es un día en que la credibilidad estadounidense se ve afectada.
El veto más poderoso que el del Consejo de Seguridad
El papel fundamental del Estrecho de Ormuz en la economía y el desarrollo mundiales es innegable, y va mucho más allá del simple paso de petróleo por esta vía marítima.
Las cadenas de suministro globales, la seguridad energética y la estabilidad económica de las grandes potencias dependen del tránsito ininterrumpido por este estrecho paso.
Al imponer sus propias reglas para el uso mundial del estrecho, Irán ha puesto en sus manos una herramienta extraordinariamente poderosa, quizás incluso más poderosa que el veto del Consejo de Seguridad de la ONU.
En la práctica, esto sirve como preámbulo para la consecución de los objetivos estratégicos de Irán en la región y en el mundo. Como afirmó el Líder de la Revolución Islámica en su mensaje del Día del Golfo Pérsico, este gran logro cambiará el orden regional y mundial.
Los beneficios de la gestión del estrecho por parte de Irán no se limitan al cobro de peajes a los buques que lo transitan. Si bien los peajes aportan considerables beneficios materiales a Irán —ingresos que pueden reinvertirse en desarrollo—, estas ganancias financieras son insignificantes en comparación con los logros estratégicos más amplios.
El verdadero premio es el poder estructural. La capacidad de decir sí o no. La capacidad de recompensar a los aliados y castigar a los adversarios. La autoridad para moldear las reglas mediante las cuales la economía global accede a una de sus arterias más vitales.
Una nueva imagen de Irán: una gran potencia
La consolidación de la soberanía iraní sobre el estrecho de Ormuz —junto con la imposición de la derrota al enemigo en sus objetivos durante las recientes guerras impuestas— ha dado lugar a la definición y revelación de una nueva imagen de Irán ante la región y el mundo.
En la actualidad, se pueden encontrar numerosas confirmaciones de esto en los comentarios y análisis de los principales centros de investigación, expertos, políticos y medios de comunicación de prestigio a nivel mundial.
Para los antiguos y actuales aliados de Estados Unidos, tras este gran logro iraní, EE. UU. ya no ostentará el halo de “superpotencia” ni la capacidad de intimidación y coerción de antes. Muchas de las relaciones y órdenes actuales, incluida la OTAN, estarán sujetas a cambios y revisiones en detrimento de Estados Unidos.
La derrota decisiva y aplastante del dominio estadounidense en la región y el mundo es mucho más grave, costosa y de mayor alcance que una derrota militar o política resultante de la tercera guerra impuesta.
Esto no es una hipérbole. Es el reconocimiento de una realidad estructural. Cuando una superpotencia intenta someter a una potencia regional y fracasa —cuando agota su opción militar, extingue su influencia económica y aun así no logra sus objetivos— el mensaje para todos los demás actores es claro: el momento unipolar ha terminado. Un nuevo orden está surgiendo, e Irán es uno de sus principales artífices y protagonistas.
La nueva arma del enemigo: Distorsión y engaño
Al reconocer que las herramientas militares y económicas convencionales han fracasado, el enemigo ha recurrido a su arma más peligrosa, una más significativa que los bloqueos navales o incluso la reanudación de la guerra: la distorsión, el engaño y la manipulación.
El enemigo busca utilizar a sus agentes dentro de Irán y a sus medios de comunicación para influir en la opinión pública iraní, provocando que el valor del estrecho de Ormuz se desplome ante la opinión pública bajo el peso de la presión económica y militar.
En la actualidad, se observan señales de esta peligrosa e insidiosa influencia en ciertas opiniones y medios de comunicación. Esta misteriosa corriente —en lo que sin duda es un movimiento coordinado— presiona para obtener concesiones y utilizar el estrecho de Ormuz como arma para poner fin a las presiones estadounidenses, junto con las capacidades nucleares.
Estas declaraciones coinciden precisamente con el deseo del enemigo de despojar a nuestro país de estos instrumentos de poder. La lógica es perversa pero predecible: si se convence al pueblo iraní de que el estrecho no justifica el precio, de que la presión es insoportable y de que el compromiso es preferible a la resistencia, entonces el enemigo habrá logrado mediante la guerra psicológica lo que no pudo conseguir mediante la agresión militar.
Por eso, la vigilancia es esencial. El campo de batalla se ha trasladado de las aguas del Golfo Pérsico a la mente del pueblo iraní. Y en este campo de batalla, lo que está en juego es igualmente importante.
La inevitable respuesta de Irán
La respuesta de Irán al continuo bloqueo naval, la piratería marítima y el bandidaje por parte de Estados Unidos en aguas internacionales, así como al hostigamiento de buques vinculados a Irán, es inevitable. Como se ha recalcado en dos ocasiones en las declaraciones del Cuartel General Central Jatam al-Anbia, el máximo centro de mando militar, Irán no puede permanecer indiferente ni en silencio ante esta ilegalidad y piratería marítima.
La campaña estadounidense de bandidaje marítimo —la interceptación de cargamentos de petróleo iraní, la incautación de buques, la intimidación de las tripulaciones— constituye en sí misma un acto de guerra. Irán tiene todo el derecho, según el derecho internacional, a responder proporcionalmente, y lo hará.
Pero la forma de esa respuesta es lo que mantiene a Washington en vilo. ¿Irlandará la escalada gradualmente o de forma drástica? ¿Atacará directamente a los buques estadounidenses o se centrará en el transporte marítimo de sus aliados? ¿Recurrirá a mecanismos legales, instrumentos económicos o demostraciones militares?
El abanico de opciones a disposición de Irán es enorme, y la deliberada imprevisibilidad de sus decisiones sume a Estados Unidos en un estado de incertidumbre permanente.
Este es el nuevo panorama estratégico, en el que Irán tiene la sartén por el mango, determina la gestión del estrecho de Ormuz y mantiene a Washington en vilo ante cada uno de sus movimientos.
