Publicada: martes, 3 de noviembre de 2026 17:21

El 3 de noviembre los estadounidenses decidirán qué partido controlará el Congreso de Estados Unidos durante la segunda mitad de la presidencia de Donald Trump.

Por Xavier Villar

Las elecciones de medio mandato (midterms), celebradas a mitad de la presidencia de cuatro años en Estados Unidos, determinan la composición del Congreso.

En estos comicios se disputan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 del Senado, entre ellos elecciones especiales en los estados de Florida y Ohio para cubrir los puestos que quedaron vacantes al nombrarse secretario de Estado a Marco Rubio y vicepresidente a JD Vance. Además, los votantes de 36 estados elegirán a sus respectivos gobernadores. 

Los miembros de la Cámara de Representantes representan a un distrito electoral y cumplen mandatos de dos años, mientras que los senadores tienen mandatos de seis años. 

En estas elecciones, los votantes latinos son el principal bloque de electores indecisos. Los latinos representan aproximadamente el 20 % del electorado registrado en cerca de dos docenas de contiendas muy reñidas por escaños en la Cámara de Representantes. 

Entre los latinos que votaron por Trump en 2024, el 93 % aprobaba su gestión al comienzo de su mandato. Sin embargo, esa cifra ha caído hasta el 57 % en vísperas de las elecciones legislativas, según muestra el Pew Research Center. 

El temor generado por el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) ha contribuido significativamente a este cambio: el 30 % de los votantes latinos que apoyaron a Trump en 2024 considera que el presidente ha ido demasiado lejos. La percepción de la situación económica también ha empeorado durante el segundo mandato del republicano. A comienzos de año, el 57 % todavía consideraba que la gestión económica iba por buen camino, pero esa cifra ha caído hasta el 34 %. 

Dos años bajo estas condiciones han dejado huella en este sector del electorado, ya sea modificando sus intenciones de voto o provocando un efecto desmovilizador. 

Y ahora que la economía se ha convertido en la principal preocupación de este electorado, las perspectivas no son muy halagüeñas para el Partido Republicano. El 40 % afirma que su situación económica ha empeorado respecto al año pasado. Y como apuntan varios estudios publicados tanto por medios estadounidenses como europeos, casi el 80 % de los adultos latinos (38,5 millones de personas) forma parte de la clase trabajadora estadounidense, frente al 65 % de los votantes blancos. Uno de cada cinco trabajadores en Estados Unidos es latino y, dado que esta comunidad crece a un ritmo más rápido que el resto de la población, su peso en la fuerza laboral seguirá aumentando en los próximos años. 

Por eso, el 83 % de los latinos sitúa el coste de la vida como su principal preocupación, mientras que el 61 % afirma que apenas llega a fin de mes o tiene dificultades para hacer frente a sus gastos mensuales. 

Pero la cuestión latina va más allá de la economía. Para entender a los latinos en Estados Unidos, como para entender a otras minorías no blancas, es imprescindible prestar atención a la dimensión racial y al supremacismo blanco. En primer lugar, hay que explicar que cuando hablamos de raza no nos referimos a algo fijo y permanente. 

La raza, entendida como una forma de poder disciplinario, se comprende mejor como un conjunto de lógicas, sistemas y procesos de gobierno en constante adaptación. Es decir: esa tecnología de poder se articula de manera diferente y utiliza lenguajes distintos, pero siempre mantiene una división entre aquellas poblaciones consideradas plenamente humanas y aquellas otras que no lo son. 

En el caso concreto de los Estados Unidos actuales, el discurso abiertamente xenófobo y racista de Donald Trump (recordemos, por ejemplo, que ha calificado a los mexicanos de violadores) se combina con otro registro que, manteniendo la división racial entre humanos y no humanos, se alía con el neoliberalismo para construir un argumento moral sobre el valor y la legitimidad de la figura del “productor”: en inglés, producer, el que produce y trabaja, frente al que vive de la ayuda del Estado. Dentro de este marco, Trump fue capaz de incorporar a su coalición de productores a un amplio espectro de personas de distintas clases sociales, grupos raciales y étnicos, al tiempo que construía, en términos racializados, el ideal de lo que significa ser productor. 

Cada vez que Trump describe al “enemigo” de la coalición de productores, esas figuras y sus acciones pasan a formar parte de un paisaje racializado de los “indignos”: aquellos que no son considerados productores y que dependen del Estado para poder sobrevivir. 

Es decir, la raza en el discurso de Trump se expresa de muchas maneras, con lenguajes diversos y según las coyunturas. Lo relevante, y lo que realmente afecta a la comunidad latina, es que ese discurso construye a los latinos, dentro de la generalidad de las poblaciones consideradas no blancas, como figuras sospechosas, abiertos a la mirada disciplinadora del supremacismo blanco que Trump representa. 

Si bien es cierto, como dicen ciertas corrientes políticas contemporáneas, que toda la población está sujeta a la biopolítica, el conjunto de técnicas contemporáneas que no solo reprimen la vida, sino que la producen, administran y mercantilizan, lo cierto es que algunos cuerpos están mucho más expuestos a esas técnicas que otros. 

En este caso, los latinos, aquellos construidos como no blancos y como dependientes del Estado, son vistos como un cuerpo extraño dentro de la idea de Estados Unidos que se aferra a la nostalgia de una época en la que la jerarquía racial supremacista blanca no se veía contestada por quienes la sufrían. 

El propio lema de campaña más famoso de Trump, el Make America Great Again, evoca esa nostalgia racial en la que los latinos, como el resto de la población no blanca, no ponían en duda la jerarquía y, por lo tanto, no existía la ansiedad blanca respecto a “ser invadidos” o “ser reemplazados”. 

La población latina en los Estados Unidos se mueve, por tanto, entre dos polos. Por un lado, los “buenos latinos”, aquellos que pueden ser incorporados en el sistema, siempre que cumplan con todos los requisitos, tanto políticos como económicos. Por otro, los “malos latinos”, aquellos que son ya construidos como población desobediente, destinada bien a la explotación, bien a la deportación. 

Lo interesante de esta división es que incluso los “buenos latinos”, aquellos obedientes y válidos para el neoliberalismo, nunca lo son de manera definitiva. Siempre están sujetos a los vaivenes de la raza y a que en cualquier momento vuelvan a caer en el espacio de los “malos latinos”.