Sus implicaciones político-económicas tienen el potencial de alterar de manera significativa el equilibrio geopolítico en la frontera norte iraní, y su evolución exige una lectura estratégica detallada.
El vicepresidente estadounidense, JD Vance, realizó recientemente una visita oficial a Armenia que culminó con la firma de un acuerdo nuclear civil de gran alcance con el primer ministro Nikol Pashinyan. Este acuerdo, enmarcado en la Sección 123 de la Ley de Energía Atómica estadounidense, abre la puerta a inversiones multimillonarias en el sector energético armenio. Más allá de su dimensión técnica, representa la entrada formal de Estados Unidos en un área que durante décadas había sido dominada por Rusia, el principal garante histórico de la seguridad energética de Ereván.
La firma del Acuerdo 123 confirma una tendencia más amplia: Armenia se aproxima de manera evidente hacia Occidente, y especialmente hacia Washington. Para Irán, este movimiento constituye un factor de riesgo estratégico que debe evaluarse con atención. Armenia, tradicional aliado de Moscú y miembro de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, ha diversificado sus relaciones tras la derrota frente a Azerbaiyán en 2020 y los acontecimientos subsecuentes en Nagorno Karabaj. Parte de la élite política armenia percibió un debilitamiento del papel ruso, consecuencia directa del enfoque prioritario de Moscú en Ucrania.
Esta disminución relativa del protagonismo ruso limita la capacidad de Moscú para desempeñar un papel estabilizador en el Cáucaso Sur y reduce la utilidad práctica de su presencia militar en la zona. Desde la perspectiva iraní, la erosión de la influencia rusa introduce una variable de incertidumbre que no puede ser ignorada. El vacío dejado por Moscú tenderá a ser ocupado por otros actores con intereses estratégicos en la región, y su velocidad de ocupación determinará en gran medida la dinámica del próximo período.
Desde el punto de vista de Ereván, el giro hacia Estados Unidos responde a un cálculo pragmático: diversificar alianzas y obtener garantías frente a Azerbaiyán. Sin embargo, este reajuste tiene repercusiones directas para Irán, que comparte con Armenia una frontera de apenas 44 kilómetros, pequeña en extensión pero estratégicamente significativa. El cambio de orientación se inserta dentro del proyecto denominado Trump Route for International Peace and Prosperity (TRIPP), un corredor que atravesaría territorio armenio para conectar Azerbaiyán con su enclave de Najicheván y extenderse hacia Turquía y Europa. Aunque se presenta formalmente como una vía de conectividad y comercio, su potencial geopolítico es claro.
Desde Teherán, el TRIPP se observa con una mezcla de atención estratégica y realismo. Irán ha sido durante años un actor central en la seguridad y la economía del Cáucaso, manteniendo con Armenia una relación funcional que le permitía acceso hacia Eurasia y le otorgaba un margen de maniobra único en la región. La consolidación de un corredor bajo influencia estadounidense altera ese equilibrio, no sólo en términos comerciales, sino en la definición de quién controla infraestructuras críticas y los estándares de seguridad asociados.
Para Irán, la posibilidad de que una infraestructura estratégica de este tipo se gestione desde Washington constituye una línea roja. La historia del país demuestra que cualquier presencia militar, logística o de inteligencia extranjera cercana a sus fronteras requiere vigilancia constante.
No obstante, la situación no debe interpretarse de manera alarmista. Armenia no se ha convertido en un satélite occidental, ni Estados Unidos dispone de un margen ilimitado de acción en la región. El Cáucaso Sur sigue siendo un espacio de competencia, no de hegemonía. Rusia mantiene instrumentos de influencia, Turquía juega un papel relevante, Azerbaiyán es un actor energético sofisticado, e Irán conserva capacidades significativas de interlocución y disuasión. La región permanece en equilibrio, aunque este sea frágil y susceptible a cambios rápidos.
En este contexto, las declaraciones de JD Vance sobre las negociaciones nucleares con Irán merecen atención. Durante su visita, afirmó que no existen líneas rojas en las conversaciones y que Estados Unidos busca un acuerdo aplicable. Señaló que alcanzar un entendimiento sería beneficioso para todas las partes, una formulación que revela la intención de mantener flexibilidad táctica sin comprometer objetivos alcanzables. Vance también respondió a preguntas sobre la posibilidad de un “cambio de régimen", subrayando que cualquier decisión de ese tipo corresponde exclusivamente al pueblo iraní y que el enfoque estadounidense está centrado en impedir que Irán adquiera un arma nuclear.
Mientras el presidente Trump al principio de la crisis había aludido a la posibilidad de un cambio de régimen, el sistema estadounidense parece reconocer la complejidad de intentar forzar una transformación política desde el exterior. En consecuencia, la administración ha utilizado su presencia militar ampliada en el Golfo no como preludio de un cambio de régimen, sino como herramienta de diplomacia coercitiva, destinada a generar presión para un acuerdo más sólido. La pregunta central que enfrenta Washington es qué sucedería si las negociaciones fracasan. Una campaña militar es poco probable que provoque la caída de la República Islámica y al mismo tiempo, un derrocamiento interno no constituye un objetivo realista.
Si se toman las declaraciones de Vance como ciertas, el objetivo estadounidense se concentra en el control nuclear. Aunque complejo, este, desde el punto de vista estadounidense, es alcanzable mediante negociación y verificación técnica.
La consolidación de la presencia estadounidense en el Cáucaso Sur, junto con la apertura de Armenia hacia Occidente, genera un escenario que Irán observa con atención. La competencia por corredores logísticos, control de infraestructura crítica y espacios de influencia es una realidad geopolítica tangible. El TRIPP no es únicamente un proyecto económico; representa un cambio en la dinámica de poder regional que incide directamente en los intereses estratégicos de Teherán.
Aun así, Irán dispone de múltiples instrumentos para gestionar este entorno. La cooperación energética, el comercio transfronterizo y la coordinación en transporte permiten mantener influencia, incluso frente a la apertura armenia hacia Estados Unidos. El país mantiene interlocución con todos los actores regionales, incluyendo Azerbaiyán, lo que facilita una gestión pragmática de tensiones y oportunidades.
El Cáucaso Sur se encuentra en un momento de competencia estructural intensa. La disminución relativa del papel ruso, el activismo turco, la entrada estadounidense y la consolidación de la diplomacia iraní configuran un tablero complejo. Las decisiones armenias tienen consecuencias estratégicas que trascienden lo puramente nacional, y la capacidad de Irán para adaptarse determinará su posición futura en la región.
Es comprensible que la atención mediática se centre en las negociaciones nucleares entre Irán y Estados Unidos, pero sería un error pensar que el Cáucaso Sur funciona como un escenario aislado. Esta región no es una geografía compartimentada; sus equilibrios y tensiones están indisolublemente ligados a las dinámicas estratégicas que se definen en la mesa de negociación, y cada movimiento allí tiene repercusiones que trascienden sus fronteras inmediatas.
Por Xavier Villar
